Muchas veces tengo regresiones infantiles. Las amo. Voy por la calle saltando, a veces al mismo tiempo canto alguna canción bien ridícula; de vez en cuando, giro sobre mi propio eje hasta caerme. Suelo bailar con mi perra hasta terminar en el piso riéndonos de lo graciosas que nos vemos, habitualmente me invento personajes con voces y posturas determinadas. Sufro de náuseas por mis deseos irreflenables de jugar a las escondidas, hago dibujos tontos y genero amistades fácilmente. Pero hoy. Hoy no me gustó la regresión que tuve. Para nada. Me han informado que debo usar ortodoncia. Llegué a mi casa y me puse a llorar.
Ayer por la noche salió una culebra de tu boca. Se deslizó por tu pecho y descendió hacia tus pies sin siquiera mirarme. Pero yo sabía que se dirigiría hacia mí. Inmutable, la observé pasar de tus piernas hacia las mías, poco a poco comencé a sentir la suave y fría piel. ¿Cómo se sentiría la mía? Aquel animal que pareciera ser apenas un músculo viviente se detuvo en mi sexo. Se regodeó en mi pubis y yo no sentí nada. Yo sólo quería escuchar. Y ella lo sabía. Por eso, como si recordara su cometido, me miró y, lentamente, reptó hacia mi rostro. Supongo que su lentitud se debía a cierto anhelo de hacerme sufrir, de hacerme desear al extremo aquel conocimiento que –aparentemente- iba a darme. No perdí la tranquilidad, la esperé pacientemente, de todas formas imaginaba hace días lo que iba a decirme. Cuando ya se encontraba en la zona de mi cuello, cerré mis ojos. No fue por temor, quería concentrarme, quería que el sentido que más alerta estaba en ese momento, lo estuvi...
Comentarios
el mundo está demacrado
y hay candado pero no llaves
y hay pavor pero no lágrimas.
¿Qué haré conmigo?
Porque a Ti te debo lo que soy
Pero no tengo mañana
Porque a Ti te...
La noche sufre.