sábado, 2 de julio de 2011

"La lenta furia" Fabio Morábito

sábado, 2 de julio de 2011

Inevitablemente la primera sensación que tuve como lectora fue de sorpresa. Devoré cada relato esperando ansiosamente el siguiente para ver qué otros hechos increíbles se me ofrecerían. Y, ante cada sorpresa, me surgieron dudas, un tanto técnicas quizá. Principalmente, dónde ocurrían estos relatos, cuál era el espacio en el que acontecían estas extrañas historias. Me respondí que podría ser Latinoamérica. Inmediatamente, me pregunté por qué pensaba esto y, así, noté que había dado por sentado que el género de estos cuentos era el realismo mágico. De alguna manera lo pensé como algo obvio y, claro, qué lugar más representativo de este género hay que no sea Latinoamérica (¿o estoy diciendo una gansada?). Igualmente, ahora dudo si estoy en lo correcto al incluir estos cuentos dentro del realismo mágico, debería releerlos, repensarlo.

Siguiendo con mi incertidumbre acerca del espacio, recordé Una novelita lumpen de Bolaño, donde habíamos reflexionado sobre este tema. Si bien esta novela tiene un lugar definido, habíamos llegado a la conclusión de que era un detalle tan mínimo que podría pasarse por alto, incluso alguien comentó que había leído que esta novela respondía a un encargo que solicitaba que el marco fuera dicho lugar. En sí, me pareció que la ausencia de espacio en La lenta furia respondía a esto: no importa, podría suceder en cualquier lugar, esto es universal. Y digo, ahora que escribo, entonces para qué reflexiono tanto…

Reviso (rápidamente, no llego a releer) y pienso en la cotidianeidad. Familias, parejas, chicos inmersos en cierta rutina, alegre o dramática, pero unidas por un tono melancólico: el deseo de regresar a esa rutina (“Mi padre”) o que nunca haya llegado (“El turista”) o por que nunca se haya ido (“La perra”).

Me mantengo un rato más viendo el índice, para que vuelvan esos instantes en que levanté la cabeza y que no recuerdo del todo. Me veo en la cama leyendo y repaso las relaciones que fui encontrando, así nomás, irreverentemente: “Las madres”, García Márquez (y acá vuelvo al realismo mágico); “Los Vetriccioli” y Borges, “De caza” con “Sucker” de Carson McCullers.

Por último, releo aquellos pasajes que me obligaron a doblar las puntas de algunas hojas, a falta de lápiz para subrayar que no quise ir a buscar presa de la cama a la que me tiró la gripe. De tantos, transcribo el siguiente porque imagino es el que ejemplifica lo que me ha sucedido al escribir este registro: “Quiero decir que la vida de casi todos transcurría entre breves párrafos y frases truncas.” (“Los Vetriccioli”, pág. 42).

 
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