miércoles, 13 de julio de 2011

"Lengua madre" de María Teresa Andruetto

miércoles, 13 de julio de 2011

Las primeras líneas ya me remiten a novelas como El común olvido de Sylvia Molloy, El Dock de Matilde Sánchez, Demasiado héroes de Laura Restrepo. Las cartas, la memoria, la figura de la madre. El exilio, los viajes, la extranjería.

Las cartas: los únicos documentos que han quedado para dar testimonio de todo aquello que la protagonista desconoce. Las lee en desorden y las ordena, se nos presentan en desorden y el relato nos las ordena.

Así se configura la memoria, pero no solo de una madre contando un simple viaje o una vida lejos de su familia. Es una madre que se esconde para que no la desaparezcan, que desaparece durante un largo tiempo para que no la maten. Y no solo escapa, resigna un rol de madre que ella entiende no podrá realizar; no en ese lugar y ese momento.

Entonces, teniendo en cuenta el marco histórico de la novela, de los recuerdos: “lo que lee es la descripción de una época: la juventud de sus padres y la historia de su país en la hora de su nacimiento” (p154), esta memoria deja de ser individual para devenir en una memoria colectiva: “ella no reconstruye solo su memoria, sino la de muchos” (p. 202)

La madre es el origen. Julieta, para comprender su origen, debe comprender la historia de su madre. Para entender su condición de extranjera, esté donde esté, debe comprender la peregrinación de su madre. Para construir su identidad debe construir a su madre.

Es por esto que en la narración se nos presenta dos terceras personas, Julia y Julieta. Se percibe cierta mezcla al principio, por lo menos a mí me costaba identificar a quién se refería el narrador al mencionar “ella”. Y cuando se me definía claramente, no lograba entender por qué no se narraba en primera. Tan fuerte es no solo la focalización en Julieta, sino también su mirada y su voz, que se me presentaba extraño no escuchar “yo”.

Acaso sea impronunciable porque todavía está en esta búsqueda que la fusiona con su madre. “Sólo lo que permanece en secreto instala en los demás la búsqueda y espera. Por eso ella busca todavía. Por eso ha esperado tanto.”

La madre es también la que nos da la lengua. ¿Qué sucede con la identidad cuando cambiamos la lengua? ¿Qué sucede cuando, sin conocer exactamente la identidad, mudamos de lengua? ¿Qué pensar cuando la expresión “lengua madre” se hace difícil de comprender?

sábado, 2 de julio de 2011

"La lenta furia" Fabio Morábito

sábado, 2 de julio de 2011

Inevitablemente la primera sensación que tuve como lectora fue de sorpresa. Devoré cada relato esperando ansiosamente el siguiente para ver qué otros hechos increíbles se me ofrecerían. Y, ante cada sorpresa, me surgieron dudas, un tanto técnicas quizá. Principalmente, dónde ocurrían estos relatos, cuál era el espacio en el que acontecían estas extrañas historias. Me respondí que podría ser Latinoamérica. Inmediatamente, me pregunté por qué pensaba esto y, así, noté que había dado por sentado que el género de estos cuentos era el realismo mágico. De alguna manera lo pensé como algo obvio y, claro, qué lugar más representativo de este género hay que no sea Latinoamérica (¿o estoy diciendo una gansada?). Igualmente, ahora dudo si estoy en lo correcto al incluir estos cuentos dentro del realismo mágico, debería releerlos, repensarlo.

Siguiendo con mi incertidumbre acerca del espacio, recordé Una novelita lumpen de Bolaño, donde habíamos reflexionado sobre este tema. Si bien esta novela tiene un lugar definido, habíamos llegado a la conclusión de que era un detalle tan mínimo que podría pasarse por alto, incluso alguien comentó que había leído que esta novela respondía a un encargo que solicitaba que el marco fuera dicho lugar. En sí, me pareció que la ausencia de espacio en La lenta furia respondía a esto: no importa, podría suceder en cualquier lugar, esto es universal. Y digo, ahora que escribo, entonces para qué reflexiono tanto…

Reviso (rápidamente, no llego a releer) y pienso en la cotidianeidad. Familias, parejas, chicos inmersos en cierta rutina, alegre o dramática, pero unidas por un tono melancólico: el deseo de regresar a esa rutina (“Mi padre”) o que nunca haya llegado (“El turista”) o por que nunca se haya ido (“La perra”).

Me mantengo un rato más viendo el índice, para que vuelvan esos instantes en que levanté la cabeza y que no recuerdo del todo. Me veo en la cama leyendo y repaso las relaciones que fui encontrando, así nomás, irreverentemente: “Las madres”, García Márquez (y acá vuelvo al realismo mágico); “Los Vetriccioli” y Borges, “De caza” con “Sucker” de Carson McCullers.

Por último, releo aquellos pasajes que me obligaron a doblar las puntas de algunas hojas, a falta de lápiz para subrayar que no quise ir a buscar presa de la cama a la que me tiró la gripe. De tantos, transcribo el siguiente porque imagino es el que ejemplifica lo que me ha sucedido al escribir este registro: “Quiero decir que la vida de casi todos transcurría entre breves párrafos y frases truncas.” (“Los Vetriccioli”, pág. 42).

 
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