viernes, 13 de mayo de 2011

Lectura de "Lila y Flag" hermoso libro de John Berger

viernes, 13 de mayo de 2011

El “Viejo poema de amor” con el que comienza la novela, no llamó mucho mi atención. Vuelvo a él luego de una relectura de mis notas, de las marcas que atestiguan mis detenciones al levantar la cabeza. Noto que este poema es, finalmente (y digo finalmente porque su sentido se me define ya terminada la lectura), la presentación de los grandes temas que se desarrollarán y también, por qué no, del tono y el estilo. Amor, dolor, trabajo, los muertos, el refugio, la eternidad, en un tono melancólico y pleno de cariño.

A continuación, “Nacimiento”. Una primera persona que pide ayuda a sus muertos, me relata el vuelo de tres mariposas. Un capítulo que para mí es otro poema. Una voz que no puedo separar de una figura femenina, maternal, a pesar de la ausencia de cualquier marca que me lo confirme. Al seguir leyendo pareciera que esta voz desaparece y esto me frustra un poco, me confunde, pero reaparece para decirme no sólo que es una mujer, sino que además es una anciana que recuerda.

Zsuzsa y Sugus serán los personajes principales de este relato que tomará la forma del recuerdo mediante la fragmentación y la distancia. Es decir, de repente la voz de la narradora toma la forma del narrador omnisciente y parece alejarse hasta que, de la misma manera repentina, reaparece mediante fuertes marcas gramaticales que señalan la primera persona y casi siempre relatando otro recuerdo sin demasiada relación con lo anterior, una relación muy sutil y así se representa la subjetividad de los recuerdos.

En este ir y venir propio del campo de la memoria surge una pregunta ¿cómo es que lo sabe todo? ¿Cómo ve más allá de sus queridos Zsuzsa y Sugus e incorpora a otros personajes como Héctor y Murat? Recién hacia el final, cuando lleguemos al barco blanco, sabremos que la narradora no sólo es anciana, sino que es la abuela de Sugus y que se encuentra en aquel espacio donde puede saberlo todo. ¿Aquel cielo que ama a la tierra, acaso?

Zsuzsa y Sugus, el amor. También la marginalidad. Héctor, el cansancio de una vida de trabajo que, sin embargo, es lo único que lo define. Murat, la experiencia de quien obra dentro y fuera de los límites del hormigón. Todos unidos por el contexto en el que “es difícil distinguir entre lo que se estaba derrumbando y lo que estaba en construcción”[1] y la nostalgia, todos desean volver a aquel origen que se muestra tan lejano.

El amor rebautiza y habilita la transformación. Zsuzsa se convierte en Lila, una flor; Sugus se convierte en Flag, una bandera. Pero alguien nos recuerda constantemente que esto no servirá de nada, la narradora nunca dejará de llamarlos por su primera identidad. No hay cambio posible pero sí hay arrepentimiento: “Sin palabras no puede haber arrepentimiento. Las palabras hacen posible que todo vuelva a suceder – como la historia que estoy relatando – pero no pueden cambiar lo que ha sucedido.”[2]

Entonces ¿ante qué estamos? ¿La narración sobre Zsuzsa y Sugus? Pero la novela se llama Lila y Flag. ¿Entonces? “No me preguntes. No lo sé. No es historia. Es algo así como una espera.”[3]



[1] Página 137

[2] Página 214

[3] Página 61

lunes, 2 de mayo de 2011

Registro de Lectura de "La noche boca arriba" de Cortázar o Acerca de la lectura de la que escribe unida a la profe que ahora también estudia

lunes, 2 de mayo de 2011

Una de mis estudiantes se enojó, y mucho, porque no pude darle una respuesta certera, justa, precisa a “La soga” de Silvina Ocampo. ¿Cómo murió Toñito? ¿Era una serpiente o una soga? Al final, profe, ¿cómo es? Yo me reía y les decía que eso es lo lindo del fantástico. Elegir lo racional o lo maravilloso o incluso la incertidumbre infinita.

Estas son todas opciones que se debaten en una guerra florida, sólo una quiere ser la elegida. Yo elijo la indeterminación. Porque realmente no sé quién me protege más: la noche, con sus sueños esperanzadores; la vigilia, lejos de las pesadillas amenazadoras. La noche: momento de oscuridad placentera o terrorífica, la vigilia: momento de luz que clarifica o abruma. Acaso la seguridad de estar despierto sólo nos llegue al instante de la muerte.

“Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.”

¿Existirá algún pasadizo que nos lleve desde la vigilia a la vigilia, desde lo cotidiano a lo cotidiano? No tiene gracia. Y aunque ser otro resulte una opción agradable, un deseo común y corriente, lo agobiante es el tiempo por el cual este estado perdure. Es decir, quiero ser otro siempre y cuando pueda volver a ser yo, o sea, también un otro. Porque lo que siempre deseamos (no sé si decir en realidad o en sueños) es mantenernos en la transición, en la otra mirada, porque este lado del vidrio ya lo conozco y quiero saber sobre el otro, y una vez ya visto es el lado contrario el que ha cambiado, porque cambié yo y así sucesivamente.

Axolotl”, “La noche boca arriba”, “El otro cielo” y muchos más: pasajes de un tiempo ordinario a otro exótico, de un espacio asfixiantemente conocido a otro singular. A su vez, el inevitable drama de que lo extraño se vuelva costumbre. Por eso elijo la incertidumbre, porque si elijo la certeza la galería me llevaría de una rutina a otra rutina y a otra y a otra y a otra.

 
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