martes, 29 de abril de 2008

Vera 4

martes, 29 de abril de 2008
Vera comenzó la semana resignificando ciertas expresiones.

estar apurado: cuando a pesar del frío surge el calor por caminar rápido y se intenta desprenderse de la campera pasando una gran cartera repleta de libros de un hombro hacia otro sin detener la veloz caminata.

paradoja: encontrarse, en ese preciso estado anteriormente descripto, frente a un cartel publicitario que dice RELAX y muestra una imagen de una gran extensión de agua.

Llega a la oficina y pronuncia el mismo buen día de siempre. La mandan a hacer un trámite. Se alivia. Aprovechan.

- Qué mina rara.
- Y vos, qué suspicaz.
- ¿Por qué rara?
- Vos porque sos nuevito, lindo. Igualmente, ¿me vas a decir que no te parece un poquito rara?
- No. Será que no soy buen observador.

Risitas.

- ¡Ay no! Es que sos muy buenito, no como nosotras. ¡Mejor que no nos mordamos la lengua!

Risitas.

- Que sé yo, nene. Es rara. Siempre seria. Siempre en lo suyo, hasta cuando comparte algún que otro mate se nota que se esfuerza ¿viste? Che, agarrá bizcochitos que estamos comiendo nosotras nada más.
- ¿Y no saben nada de ella? Digo, de su vida fuera de acá.
- No, tampoco nos interesa demasiado. Debe ser tan aburrida como ella.
- Tal cual. Y vos, querido ¿qué es de tu vida allá afuera?

Risitas.

Vera había terminado demasiado pronto el trámite y por esto, lejos de volver a la oficina, escogió un barcito, pidió un téconleche y sacó uno de los libros que llevaba. En la oficina siempre calculaban demoras de una hora, tenía por lo menos cuarenta y cinco minutos para escapar. El día de repente había mejorado.

viernes, 25 de abril de 2008

viernes, 25 de abril de 2008

BASOFIA

lunes, 21 de abril de 2008

1 • 2 • 3 • 4 • 5 • 6 • 7 • 8 • • •

lunes, 21 de abril de 2008
cuando uno no puede
a veces se es dos
ocasionalmente sos tres
ser cuatro, terrible
uno uno uno
cuando uno no admite ser uno

viernes, 18 de abril de 2008

Vera 3

viernes, 18 de abril de 2008
Durante ese fin de semana aquello pasó desapercibido entre mates, cigarrillos y una larga conversación con Andrés: desde la situación del país –esto no cambia más- hasta aquel patético programa de televisión –no sé cómo alguien puede ver esto-. Andrés: uno de esos seres que sobrepasan cualquier categoría pero que no queda más que llamarlos amigos, como para dejar claro que nunca hubo ni habrá sexo.

Pero rápidamente volvió el lunes y, junto con éste, Alfredo Gonavídez, el compañerito nuevo con la estúpida sonrisa pegada a la cara. Era inevitable sentir náuseas. Todavía no le hablaba y aunque sus otras compañeras, con sus hormonas brotando de los poros, lo inundaban de palabras; Gonavídez sólo le sonreía de esa manera a ella, a Vera. ¿Por qué justamente a ella?

Era algo más en qué pensar. Luego de tanta rutina la llegada de alguien nuevo tenía que ser por algo. Entretenerla, quizá. Después de todo dejar de pensar en aquello, sacárselo de la cabeza, se estaba haciendo cada vez más difícil y no debía –no, no debía- tomar pastillas para dormir. No.

Igualmente por ahora no pensaba dirigirle una palabra, salvo el buen día que con algo de esfuerzo pronunciaba a todo aquel que se encontrara en la oficina. Por ahora. Cuando se diera cuenta de la razón por la que este ser ingresó en su rutina para modificarla, vería los pasos a seguir. Pero primero tenía que pensar. Era inevitable, en Vera, en la raza humana, pensar las causas de ciertos hechos de la historia personal, la única historia que merece análisis.
boca•nada
NO•DA

domingo, 13 de abril de 2008

domingo, 13 de abril de 2008
paparruchadas
charadas con churros
chala NO ya no chala
mas charla y charla sin raya aunque rayada
rayada casi desmayada a veces es hallada
avasallada baila aislada
salada atala
que tiene alas

jueves, 10 de abril de 2008

jueves, 10 de abril de 2008
encontré esto en el fondo de un cajón
recuerdo que lo escribí en el cumple de una amiga -Nati- ante el pedido de un amigo de un amigo
"Maxi dice que escribís, a ver, escribí algo" y salió esto
¿te acordás Max? y terminamos muchos en el fondo con una llave en la mano



Las gotas de lluvia son como miles de bailarinas danzando. Sus pies terminan con sangre y vuelven colorados mis ojos. Me duermo tranquila, sueño con el mar. Si despierto no estoy ahí pero siento el olor de la sal mojada y todo se ve color violeta. En parte estoy ahí, cayendo entre los miles de granos color cobre humedecidos por la espuma de las nubes.

martes, 8 de abril de 2008

Vera 2

martes, 8 de abril de 2008
Los días fueron sucediéndose sin mayores cambios. La única variación perceptible era el cambio de acciones a realizar para escaparse de aquello. Obviamente se iba haciendo más difícil, sobre todo por el hecho de su cada vez más extremo encierro. Se había vuelto prácticamente una ermitaña. Esto no la molestaba pero hacía más acotadas las posibilidades de distracción.
Tampoco le molestaba la poca capacidad de sonreír que estaba teniendo últimamente. No era una muestra de enojo, sí quizás indiferencia. Insensibilidad. Tal vez provocada por esta máxima concentración de no pensar en aquello. Aquello estaba dejando más huellas. ¿Y eso significaba, acaso, que estaba ganando? ¿Que estaba emergiendo a pesar de su constante lucha por impedirlo? No quería ni debía pensar.

El trabajo era día a día más monótono. Incluso a pesar de la llegada de un nuevo integrante a la oficina. Lo único que Vera percibía de este hombre era una mirada constante sobre ella, acompañada de una sonrisa cómplice no sabía aún de qué crimen, de qué secreto. Patética. Desde que los presentaron hasta ahora, esa mirada encima suyo, esa sonrisa zumbando a su alrededor. Ojalá no pronuncie palabra.

Aquello a veces se transformaba en una escena grotesca casi tragicómica de una obra de teatro del absurdo. Aquello a veces se quedaba atragantado en la garganta y debía fumar hasta que disminuyera de tamaño para poder respirar con normalidad –a pesar de los pulmones contaminados. Aquello era algo desconocido por todos, apenas perceptible si se prestaba atención –nadie se tomaba la molestia.

A pesar de que al salir del trabajo era más difícil luchar contra aquello, Vera se alegraba (aunque sería más correcto decir que se relajaba y esta sensación le era muy placentera.) Se dirigió a la parada del colectivo mientras buscaba las monedas cuidadosamente separadas para hacer más fácil y rápido el proceso. “Mañana podría verlo a Andrés” pensó, mientras se sentaba al fondo, al lado de la ventanilla.

jueves, 3 de abril de 2008

jueves, 3 de abril de 2008
••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••
inevitablemente
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Vera

Vera se paseaba entre los perfumes. Un poquito de éste, un poquito de aquel. Fue probando hasta que el dolor de cabeza le indicó que se detuviera. Salió sintiendo un único y potente aroma que no la identificaba.

Fumó un cigarrillo mientras pensaba qué otra cosa podía hacer para entretenerse. Para no pensar en lo otro, en aquello.

Pasó por una librería pero nada la atrajo. Ningún libro hizo, aunque más no sea, el intento de seducirla. Y aquello amenazaba con volver a su mente y posicionarse entre ceja y ceja cual tercer ojo que la haría modificar su modo de ver, su modo de existir. No podía permitirlo.

Fue al cine. Eligió una película tonta, nada que la hiciera pensar más que en lo mala que era la película. Cualquier pensamiento demasiado profundo crearía una especie de intersticio en el que aquello pudiera colarse. Pero la amenaza continuaba.

Siguió caminando, el aroma de los perfumes que se habían hermanado ya era solamente un recuerdo aunque, claro, el dolor de cabeza persistía. Eso la alegraba porque generaba cierta distracción. Encendió otro cigarrillo. Observaba la gente. Se preguntaba qué era lo que los perseguía a ellos. Por qué tipos de aquellos eran acosados. ¿Se darían cuenta, acaso, del de ella? Pareciera que no, pero quién sabe; ella, precisamente, no sabía.

Peligro. De una manera u otra pensar en los aquellos ajenos le estaba recordando el propio. Rápido, rápido, pensá en otra cosa. Zapatos, iba a probarse zapatos.

Qué curioso. Todas opciones un tanto frívolas: perfumes, películas sin contenido, zapatos. Por ahora es lo que la aleja de aquello. Se probó tan sólo dos pares, se dio cuenta que no podría comprar nada y el pobre vendedor no tenía por qué ser afectado por su situación. No, no tenía por qué.

La hora de la cena se estaba acercando. Una hora que Vera no respetaba pero en este momento era una buena excusa para la próxima actividad de distracción: cocinar. No lo hacía bien, tampoco mal, pero lo importante era hacerlo, la acción propia, el proceso, el hecho de que le permitiría no pensar, sí, en aquello.

Comió. Siempre masticaba con absoluta conciencia del movimiento de su mandíbula y lengua, sintiendo la textura de la comida que iba cambiando, percibiendo el camino del bolo alimenticio. Pero esta vez se concentró aún más mientras miraba un programa de televisión inevitablemente igual a los demás.

No tenía sueño pero se acostó igual. Ya lo haría llegar mientras pensaba en las banales acciones que había realizado durante ese día. Esperaba, ciertamente, no tener que comprar, en un futuro, aquellas famosas pastillas para dormir.
 
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